Cómo viven 10 guaraníes en nuestro país


La sorpresiva llegada de diez guaraníes a Uruguay puso sobre la mesa una pregunta que estuvo enterrada durante décadas: ¿qué tan indígenas somos?

Llegaron cuando estaba anocheciendo, sigilosos y con carga ligera; ya tenían el desembarco planificado. Era invierno y el frío no daba lugar a apuestas imprudentes. Tenían el nexo con un comerciante de Aceguá, un pueblo atravesado por la frontera con Brasil, en Cerro Largo. Así, sin más aspaviento, un grupo de diez indígenas de la etnia mbyá guaraní se instaló en el norte de la Suiza de América, el país que, por mucho tiempo, se presentó como el único de la región sin indios.

La primera vez que el cacique João Olivera tocó la puerta de Ramiro Acevedo, al comerciante de Aceguá le costó reconocerlo. Había pasado mucho tiempo. Pero el diálogo en un español entrecortado evocó en su memoria a aquel indio que, dos décadas atrás, lo había llamado "patrón" por un tiempo. Tampoco es tan común para la vida de un uruguayo que aparezca un guaraní a pedir permiso para instalarse en un cañaveral.

La novedad se difundió como virus en Aceguá y al tiempo ya muchos lucían en habitaciones, comercios y salas de estar sus cestas de paja con colores estridentes. A dos cuadras de los free shops, donde los brasileños se abastecen de productos importados, en un cañaveral, los mbyá armaron lo que va a ser su hogar por algún tiempo, quizás varios años. A tres meses de la llegada, en Aceguá ya son "nuestros" indios.

Cuando en 2011 los censistas les preguntaron a los uruguayos sobre el origen de su ascendencia, hubo 4,9% que dijo tener indígenas en su árbol genealógico. En 1996, cuando la pregunta había sido cuál era la raza a la que creían pertenecer, 0,2% había dicho indígena; un porcentaje igual había declarado indígena-blanco.

¿Será que los uruguayos de hoy tienen más de indígenas de lo que creen?

"Es una realidad si nos referimos a la existencia de grupos etnográficos que vivan apartados del resto de las comunidades".

La viruela y las gripes, los enfrentamientos, las matanzas y el hecho de haber sido considerados personas de una segunda categoría desarticularon a los grupos indígenas originarios de Uruguay. Los que quedaron fueron sobre todo mujeres y niños

pero lentamente se diluyeron en la sociedad y se mestizaron con los europeos.

"A vos hoy te dicen charrúa y lo identificás con el taparrabo. Es un indio congelado en el tiempo. La realidad es que si no nos hubiésemos mestizado ya no viviríamos en tolderías.

Que comían lagartos, comadrejas y mulitas, que tenían piojos, que les habían cortado el pelo y los habían bañado a la fuerza. Lo que trascendió en los medios sobre la llegada de los indígenas encendió alarmas en Montevideo.

Las dos miradas plantean un problema para los vecinos. Richard Suárez vive en frente al cañaveral y se acerca cada tanto a dar una mano. El comerciante fue quien publicó un pedido de ayuda en Facebook que movió a toda la comunidad, pero con el tiempo entendió que hay una línea difícil de trazar entre el respeto a la tradición y la necesidad, o lo que la civilización occidental entiende como tal.

¿Hasta dónde respetar la tradición cuando hay niños que duermen a la intemperie?, se pregunta. "Nosotros no podemos sacarles sus orígenes, porque si les ofrecemos, como humanos que somos, baño o ropa, ellos simplemente aceptan por amabilidad. Pero la raíz de ellos está en el campo, uno tiene que tener un cierto respeto".

"No estamos acostumbrados a visibilizar indígenas; ni siquiera a menciones sobre ello”. La situación confronta a un país sin política para la convivencia con culturas indígenas contra una realidad para la que no hay un protocolo. La académica pide, entonces, que las autoridades consulten a los expertos antes de actuar.

La llegada de los guaraníes no solo plantea un dilema muy vigente para la América Latina de 2017: también recuerda un origen al que podría asociarse, de una manera u otra, a un tercio de la población.

Fuente/ fotos: El Observador.

Por: Viviana Pérez.


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